Hna Adry OSC
En el Evangelio, Jesús escoge cuidadosamente sus ejemplos. Y uno de los más escandalosos para su tiempo fue, sin duda, el del Buen Samaritano. No eligió a un sacerdote, ni a un maestro de la ley, ni a un creyente ejemplar según los parámetros religiosos. Eligió a un samaritano: alguien considerado impuro, equivocado en su fe, sospechoso ante la religión oficial. Alguien que, según muchos discursos religiosos de la época, estaba lejos de Dios.
Y sin embargo, es precisamente él quien se detiene.
Jesús rompe así una certeza peligrosa: la idea de que la cercanía a Dios depende de la pertenencia religiosa. En la parábola, quienes conocían la ley pasan de largo; quien no pertenecía al sistema religioso es quien practica la compasión concreta. La pregunta deja de ser “¿quién tiene la doctrina correcta?” y pasa a ser “¿quién se hizo prójimo?”.
La parábola del Buen Samaritano golpea con fuerza el purismo religioso. Desarma la lógica de una fe preocupada por la pureza, la integridad de la Doctrina, la identidad o la corrección moral antes que por la vida humana concreta. Jesús denuncia, sin nombrarlo directamente, el peligro de una religión que protege sus normas mientras abandona a las personas heridas al borde del camino. Y esa denuncia atraviesa también a gran parte de la cristiandad actual, todavía envuelta en debates de pertenencia, ortodoxia o moralidad, mientras demasiados cuerpos siguen esperando misericordia real.
Hoy, el camino de Jerusalén a Jericó sigue lleno de personas heridas. Son las personas migrantes rechazadas en fronteras, los pueblos racializados que continúan luchando contra estructuras de discriminación, quienes viven la exclusión por su identidad, su pobreza o su historia. Y, como en tiempos de Jesús, muchas veces quienes primero se detienen no son necesariamente los que se reconocen creyentes.
Hay norteamericanos que arriesgan prestigio, seguridad y comodidad para defender la dignidad de migrantes y comunidades negras frente al racismo estructural. Hay personas ateas que, sin nombrar a Dios, entregan su tiempo, su vida y hasta su seguridad por salvar a otros del abandono y la injusticia. Hay miembros del colectivo LGBTIQ+ que, habiendo experimentado rechazo, incluso religioso, han aprendido a reconocer el dolor ajeno y extender la mano con una humanidad profundamente evangélica.
Desde la espiritualidad de la liberación, esto no debe escandalizarnos; debe interpelarnos.
Porque el Espíritu de Dios no está encerrado en nuestras fronteras eclesiales. Sopla donde hay vida defendida, donde alguien se inclina sobre el herido, donde la dignidad humana vale más que las ideologías, los prejuicios o las seguridades religiosas. El Reino de Dios acontece allí donde la misericordia se vuelve acción histórica.
Reconocer esto no debilita la fe cristiana; la purifica.
Nos obliga a abandonar la tentación de creer que poseemos en exclusiva el bien, la verdad o la compasión. Nos recuerda que el Evangelio no es primero una identidad que se proclama, sino una vida que se practica. Y quizá una de las conversiones más urgentes para la Iglesia hoy sea aprender a reconocer a Cristo actuando fuera de sus propios límites visibles.
Jesús no mencionó al samaritano por su ortodoxia. Solo mostró que allí donde alguien cura heridas, comparte recursos y se hace responsable del otro, allí ya está sucediendo Dios.
Por eso, como cristianos, estamos llamados no solo a enseñar el Evangelio, sino también a reconocerlo cuando florece inesperadamente: en quienes luchan por la justicia sin lenguaje religioso, en quienes aman sin pertenecer a nuestras comunidades, en quienes practican la compasión incluso después de haber sido heridos por nuestras propias instituciones.
Tal vez hoy la pregunta de Jesús vuelve a resonar con la misma fuerza: ¿Quién fue prójimo del hombre herido?
Y la respuesta sigue incomodando, porque nos obliga a admitir que muchos “samaritanos” contemporáneos están viviendo el Evangelio antes que nosotros, aunque nunca pronuncien su nombre.
Reconocerlos no es renunciar a Cristo. Es, precisamente, empezar a mirarlo donde Él mismo decidió permanecer: del lado del que se detiene, del que cuida, del que salva vida.
Entre esos rostros concretos podemos recordar también a Alex Pretty, enfermero en Estados Unidos, y Renee Nicole Good, quienes perdieron la vida siendo brutalmente asesinados mientras defendían la dignidad de una persona migrante frente a la violencia institucional de ICE. Sus historias (como la de tantas personas anónimas que arriesgan seguridad, reputación e incluso la propia vida por proteger a otros) nos recuerda que el Buen Samaritano no pertenece a un tiempo pasado ni a una identidad religiosa específica. Vive allí donde alguien decide que la vida del otro vale más que el miedo, la ley injusta o la indiferencia.
Reconocerlos no es renunciar a Cristo.
Es, precisamente, empezar a mirarlo donde Él mismo decidió permanecer: del lado del que se detiene, del que cuida, del que salva vida.





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