El pastorado femenino

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Escrito por: Aete Perú

AETE es una institución peruana que se dedica a la formación bíblica teológica y pastoral de personas con liderazgo religioso en Latinoamérica que están comprometidas con la transformación social de nuestros países a partir de la fe y espiritualidad.

Categoría: Artículos

Fecha: febrero 17, 2026

Alexander Cabezas
enero 30, 2026

Superando las barreras culturales

La mujer en el pastorado ha sido históricamente motivo de controversia; sin embargo, en los últimos tiempos he sido testigo de un intenso cuestionamiento a su liderazgo. Muchos de estos ataques provienen de líderes reconocidos y con gran influencia. Y aunque respeto profundamente sus trayectorias, me siento obligado a asumir una postura diferente, pues la historia de la Iglesia nos recuerda que la fidelidad al evangelio debe estar siempre antes que las tradiciones de una determinada denominación.

Además, tengo amigas y consiervas que ejercen el pastorado con integridad y doy fe de su llamado; por ello, jamás me atrevería a afirmar que lo que Dios ha hecho en sus vidas es un error o adolece de base bíblica.

Esta convicción es la que me lleva a escribir estas líneas, no para imponer una opinión, sino para abrir una reflexión que, quizás, como iglesia, debimos haber superado hace años. Ese es mi parecer.

Para algunos, permitir que una mujer pastoree es una concesión cultural; para otros, una amenaza al orden bíblico. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos: ¿es la cultura la que limita a las mujeres o es Dios quien las llama?

Defender el pastorado femenino no significa justificar abusos, vanidad o prácticas superficiales que a veces se han infiltrado en ciertos espacios religiosos y pululan en las redes. El abuso del ministerio no tiene género. Hay hombres y mujeres que han deshonrado su llamado, y eso no invalida la vocación genuina de otros.

Un Dios que llama sin discriminar

Desde el inicio en las Escrituras encontramos a un Dios que rompe esquemas. En el Antiguo Testamento, Débora fue jueza, profetisa y líder nacional en Israel (Jueces 4–5), no por una cuota de género, sino porque Dios la levantó en un tiempo de crisis. Hulda, una profetisa, fue consultada por sacerdotes y por el propio rey Josías para interpretar la ley del Señor (2 Reyes 22). Miriam lideró al pueblo en adoración y proclamación (Éxodo 15).

Estos relatos no son excepciones vergonzosas que la Biblia intenta esconder, sino señales claras de que Dios nunca ha limitado sus dones a un género. Cuando Dios llama, capacita; y cuando capacita, respalda.

Jesús y la restauración de la voz femenina

Jesús no solo predicó el Reino, lo encarnó rompiendo barreras sociales, religiosas y culturales. En una sociedad profundamente patriarcal, permitió que mujeres fueran discípulas (Lucas 8:1–3), algo escandaloso para su tiempo. Defendió a la mujer que aprendía sentada a sus pies como discípula (Lucas 10:38–42).

Si Dios hubiera querido que las mujeres guardaran silencio en la iglesia, Jesús jamás habría puesto la noticia de la resurrección en labios de María. De hecho, el cristianismo nace con mujeres predicando vida donde otros solo veían muerte.

La iglesia primitiva: liderazgo femenino que la historia quiso borrar

También en las páginas del Nuevo Testamento vemos una iglesia más diversa de lo que muchas veces imaginamos. Priscila, junto con su esposo Aquila, enseñó a Apolos, un predicador elocuente pero incompleto en su teología (Hechos 18:26). Febe es presentada por Pablo como diaconisa de la iglesia en Cencrea y protectora de muchos (Romanos 16:1–2). Junia es llamada “apóstol notable” (Romanos 16:7), aunque durante siglos se intentó masculinizar su nombre para evitar el escándalo.

Además, muchas iglesias se reunían en casas dirigidas por mujeres, como Lidia. La iglesia primitiva no temía al liderazgo femenino; lo reconocía.

Pablo, el contexto y las malas lecturas

Con frecuencia se acude de manera rápida a algunos textos paulinos para prohibir el liderazgo femenino (1 Corintios 14:34–35 y 1 Timoteo 2:11–12), sin detenernos a considerar su contexto. Estos pasajes no fueron escritos como un manual universal sobre el género, sino como respuestas pastorales a situaciones concretas en comunidades específicas. En Corinto había desorden en el culto; en Éfeso, falsas enseñanzas que estaban afectando a la iglesia. Pablo, como pastor y apóstol, llama al orden, no al silenciamiento eterno de la mujer.

El mismo Pablo que pide silencio en un contexto particular reconoce y afirma, en otros pasajes, a mujeres que enseñan, profetizan y ejercen liderazgo en la comunidad cristiana. Además, el apóstol expresa con claridad la dimensión universal e inclusiva del evangelio cuando declara que en Cristo ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, pues todos son uno en Él. Esta afirmación no anula las diferencias, pero sí establece que ninguna de ellas puede ser utilizada como argumento para limitar el llamado, el don o el servicio dentro del cuerpo de Cristo.

Tras esto, algunos incluso se deleitan repitiendo: “la mujer calle en la iglesia”, pero al mismo tiempo están anuentes a que ellas enseñen a la niñez en la escuela dominical. Esta contradicción termina transmitiendo la idea de que ni la voz de la mujer ni la formación de la niñez son realmente importantes en la vida de la iglesia. Además, como ya se ha señalado, se trata de un texto frecuentemente utilizado fuera de su contexto, lo cual debilita su aplicación como norma universal.

El Espíritu Santo no discrimina en la distribución de los dones

La base teológica más firme para defender el pastorado femenino no es cultural, sino pneumatológica. Joel anunció: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas” (Joel 2:28). Pedro afirma que esto se cumple en Pentecostés (Hechos 2).

¿Acaso el Espíritu Santo mira sexos para impartir sus dones? ¿Será que Él llama por tradición o llama por vocación? Donde hay don pastoral, hay llamado pastoral, y la iglesia no crea ese llamado: solo lo reconoce.

El mayor peligro para la iglesia no es que una mujer pastoree, sino que el pueblo de Dios cierre los oídos cuando el Espíritu habla. El Reino de Dios avanza cuando todos los llamados sirven, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sin jerarquías ni distinciones.

Defender el pastorado femenino no es modernizar la fe; es volver a la fidelidad bíblica.

Hace algunos años visité una iglesia liderada por una mujer, ubicada en una zona de alto riesgo donde incluso la policía evitaba entrar. La pastora me contó cómo había llegado hasta ese lugar: un día, mientras caminaba por el barrio, encontró un edificio que había sido iglesia, pero que estaba cerrado y abandonado. A pesar de ello, sintió el llamado de Dios a hacer algo.

Investigó quiénes conformaban la junta directiva y solicitó una reunión. Al expresar su deseo de reabrir la iglesia, recibió una respuesta cargada de escepticismo: tres pastores lo habían intentado antes y los tres habían desistido. Sin embargo, ella asumió el desafío y, un año después, aquel templo abandonado se había convertido en una comunidad viva y floreciente. No solo se celebraban servicios los domingos, sino que la iglesia tenía una fuerte proyección social, especialmente hacia las mujeres, brindándoles herramientas para su integración y desarrollo personal.

Las historias no las deberían escribir las tradiciones que se repiten, sino los llamados que se obedecen.
Y una vez más, la pregunta resuena: ¿seguiremos defendiendo barreras culturales o nos atreveremos a reconocer el llamado de Dios cuando Él decide levantar a una mujer para pastorear?

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