Miércoles de ceniza: somos tierra… aquella a la que vamos perteneciendo.

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Escrito por: Aete Perú

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Categoría: Artículos

Fecha: febrero 23, 2026

Por: Compa Dan Gonzalez-Ortega

Para celebrar la Resurrección de Cristo es indispensable considerar su crucifixión. Para celebrar la Semana Santa hay que prepararnos espiritualmente transitando por la estación litúrgica de Cuaresma, para que inicie la Cuaresma no hay otra manera sino a través del Miércoles de ceniza.

Así pues, en la tradición occidental, el Miércoles de ceniza abre la Cuaresma como una puerta estrecha: un día de ayuno, oración y examen, colocado al inicio de un camino que busca preparar a la iglesia para la Pascua. En términos sencillos, es el primer día de Cuaresma y se ubica seis semanas y media antes de la Pascua, por eso su fecha cambia cada año. En 2026 nos corresponde hoy: 18 de febrero.

Aunque muchas personas lo asocian de inmediato con el catolicismo romano, el Miércoles de ceniza no tiene derechos reservados para ser exclusividad de alguna de las tradiciones cristianas. El Miércoles de ceniza, entonces, se observa en iglesias anglicanas y luteranas, tanto como en comunidades presbiterianas, metodistas o herederas de la Reforma radical, así como en algunos otros grupos protestantes, a menudo con un servicio de confesión comunitaria y la imposición de ceniza como signo visible de arrepentimiento y mortalidad. En general, el sentido no se reduce a un gesto ritual, se describe como una ocasión para reconocer humildemente nuestra condición mortal y revisar lo que debe cambiar en nuestra vida para amar responsablemente dentro del mundo creado.

En una línea reformada contemporánea, se ha defendido su uso como un signo pedagógico que puede servir para reafirmar el bautismo y orientar el corazón hacia la gracia, siempre que no se convierta en sustituto de la obediencia o en espectáculo espiritual.

La ceniza no es un adorno litúrgico, sino un idioma antiguo que nos devuelve a la verdad elemental de nuestra existencia. Job, herido y confundido por el misterio del dolor, se sentó en medio de la ceniza porque comprendió que hay momentos en los que las palabras ya no alcanzan y solo el cuerpo puede expresar el quebranto. Al decir que se arrepentía en polvo y ceniza, no hablaba de un simple remordimiento, sino de un encuentro honesto con el Dios vivo donde el orgullo baja la voz y el ser humano reconoce su fragilidad. Esa marca en la frente que nos recuerda que somos polvo no es una sentencia de desprecio, sino una verdad antropológica que nos prepara para recibir la gracia sin los maquillajes de la autosuficiencia.

Desde nuestra herencia protestante, recordamos que Martín Lutero insistía en que el llamado de Cristo al arrepentimiento no era un evento aislado, sino una invitación a que toda la vida del creyente fuera un constante retorno hacia Dios. Juan Calvino también nos recordaba que, aunque los signos externos no poseen un poder mágico, funcionan como ejercicios de humildad que nos ayudan a confesar corporalmente nuestra necesidad del Creador. Con su sobriedad característica, Calvino recordaba que hay signos que pueden ayudar a humillarnos, pero el centro no es el signo, el centro es el corazón que se vuelve a Dios con verdad. Lo importante no es el gesto externo por sí mismo, sino que ese signo apunte a un corazón que se deja transformar y que busca la justicia en lugar de la mera apariencia.

Esta conexión con lo elemental cobra un sentido profundo cuando recordamos que la Biblia hace poesía teológica con nuestro origen. En el génesis del lenguaje bíblico, el ser humano es אָדָם (Adam), un nombre que vibra en total sintonía con אֲדָמָה (Adamá), que es la tierra o el suelo cultivable. Esta relación no es un accidente lingüístico, sino un recordatorio espiritual de que somos tierra que respira. No somos seres desprendidos de la creación, sino criaturas amarradas al suelo, al barro y a la vida que brota de los campos.

Para nuestras comunidades hispanas y latinas en diáspora, esta circunstancia se siente en la piel y en la memoria. Muchas veces caminamos añorando nuestra tierra ancestral, la de nuestras abuelas y abuelos, aquella que dejamos atrás y que hoy sobrevive como un anhelo de paisajes, olores y sabores que nos definen. Sin embargo, en el trayecto de la migración, hemos aprendido a generar nuevos apegos y a vincularnos con las geografías que ahora habitamos. Hemos aprendido a amar estas tierras nuevas a pesar de haberlas sufrido, cuidándolas y labrándolas con la dignidad de quien recibe una herencia. No hemos llegado para invadir, sino para relacionarnos y echar raíces profundas a través de nuestras hijas e hijos, quienes son hoy nuestro mayor lazo de amor y pertenencia.

Pero ese arraigo también convive con el padecer. La amenaza constante de las deportaciones y la sombra de la separación familiar son dolores latentes que nos hacen rasgar vestiduras y, en ocasiones, revolcarnos en el terrenal de la ansiedad y la zozobra. En esos días oscuros, la ceniza recupera su fuerza profética y se convierte en una oración encarnada que reclama justicia. Es el lamento de un pueblo que no se rinde y que, desde el polvo de su preocupación, levanta la mirada esperando la redención.

Concedámonos que este miércoles de ceniza signifique que Dios nos encuentra en el suelo de nuestra realidad y que no nos abandona en nuestra fragilidad. Talvez ello nos signifique que el polvo que somos no es desperdicio, sino barro amado y sostenido por el soplo divino que nos da la vida. Quizá así el arrepentimiento nos resulte un camino de regreso a casa y que la cruz trazada en nuestra frente nos anuncie que Cristo camina con nosotros en nuestras muertes cotidianas para abrirnos paso hacia su vida. Ojalá que mientras transitamos hacia la Pascua, aprendamos a cuidar la tierra que pisamos y a proteger a quienes caminan a nuestro lado en ella, hasta que la ceniza se vuelva tierra de esperanza y esta tierra se transforme en la alegría de la Resurrección.

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