Semana Santa en el camino de Emaús

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Escrito por: Aete Perú

AETE es una institución peruana que se dedica a la formación bíblica teológica y pastoral de personas con liderazgo religioso en Latinoamérica que están comprometidas con la transformación social de nuestros países a partir de la fe y espiritualidad.

Categoría: Artículos

Fecha: abril 02, 2026

Rev. Dr. Dan González-Ortega

Un par de días atrás me preguntaron: ¿qué significa para ti la Semana Santa?

Tuve que pensarlo por dos días enteros…

Antes de decir qué significa para mí la Semana Santa, quiero meterme en el relato de quienes iban camino a Emaús (Lucas 24:13-35), quedarme un rato en ese trayecto, escuchar lo que se dicen, mirar cómo caminan, porque ahí… ahí nos encontramos en la caminada de la vida de fe.

El camino a Emaús aquel domingo tenía un aire fúnebre que se pegaba al cuerpo, como cuando una noticia mala no termina de caer y se queda dando vueltas en la cabeza mientras se sigue caminando por inercia. No era solo distancia lo que recorría aquella pareja, era el peso de lo que habían vivido, el recuerdo fresco de un cuerpo colgado, de una violencia pública, de un proyecto en el que habían puesto todo y que terminó hecho pedazos bajo la lógica fría de un poder que no tolera lo que se le sale del control.

Iban hablando, sí, pero con tono entrecortado, como cuando las palabras no alcanzan y aun así salen, desordenadas, cargadas de rabia y decepción. Caminaban como caminamos en nuestros barrios cuando algo se quiebra de verdad, con los hombros duros, con la mirada esquiva, con esa forma de protegernos para no quedar en exposición frente a todo el mundo.

En medio de ese andar, alguien se les acerca y se acomoda al ritmo de sus pasos. No interrumpe, no impone un discurso, se queda ahí, sosteniendo la caminata. La reacción es directa, casi cortante, porque hay días en que no hay paciencia para dar explicaciones largas y menos a extraños. ¡Qué fastidio volver a dar cuenta del dolor!

Aquella presencia se queda… escucha. Recibe todo lo que le dicen sin corregirles el tono, sin suavizarles la rabia, sin apurarlos a sentirse mejor. Hay algo profundamente serio en esa forma de estar, una cercanía que no se desentiende del dolor ni lo reduce a una frase espiritual de consuelo.

Jesús entra así en la escena, dejando que el relato salga completo, con sus quiebres, con sus preguntas sin respuesta, con esa sensación de haber perdido más de lo que se puede recuperar. Y cuando ya lo han dicho todo, empieza a mover las piezas, a traer otras memorias, otras voces, otras historias que no habían considerado en medio del golpe. No borra lo ocurrido, no lo acomoda para que resulte más llevadero, pero abre espacio para entender que la historia no quedó cerrada en ese punto donde se habían quedado detenidos por dentro.

El camino sigue, el sol va cayendo y el cansancio se hace más evidente en el cuerpo y en la conversación. Entonces surge la invitación, casi como una necesidad de no quedarse otra vez a solas con todo eso: que se quede, que no siga de largo…

En la mesa, en algo tan cotidiano como el pan, sucede lo inesperado. Las manos, el gesto, el partir del pan, todo eso junta las piezas de golpe, como cuando algo encaja después de mucho tiempo sin ajustar. Ahí lo reconocen, en ese movimiento sencillo que de pronto se vuelve definitivo.

Y en ese mismo instante Jesús ya no está… desaparece… O tal vez está, porque ha vuelto de manera diferente…

Queda el silencio, pero ya no pesa igual. Hay algo encendido por dentro, algo que incomoda y despierta al mismo tiempo, algo que empuja a moverse, aunque el cuerpo todavía cargue de cansancio.

Se miran y, sin muchas vueltas, toman una decisión que rompe el ritmo que traían: se levantan y regresan. Así, de noche… por el mismo camino. Hacia el mismo lugar donde todo se había roto.

No llevan un discurso armado ni respuestas ordenadas, llevan esa brasa que se les quedó ardiendo en el pecho y que no les deja quedarse quietos ni conformarse con lo que parecía el final.

Por ello, el relato de Emaús nos puede ayudar a comprender la Semana Santa.

En ese caminar cargando lo que duele, en decir las cosas como salieron sin acomodarlas, en encontrarse con una presencia que no se aparta cuando el relato se vuelve incómodo, en ese momento concreto donde algo hace sentido sin necesidad de explicarlo todo, y sobre todo en el regreso, en esa decisión de volver aun cuando el riesgo sigue ahí, aun cuando el miedo no ha desaparecido.

Semana Santa tiene que ver con eso que se levanta dentro de la vida cuando parecía que todo ya había sido enterrado, con esa fuerza que no pide permiso y que empuja a seguir caminando con otros y otras, con lo que hay, como estamos, sin adornos… sin anestesia, con resistencia.

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