Profesora Jackeline Castillo Jayme
La naturaleza divina de Jesús se hizo carne y hueso para irrumpir en el mundo. Esta encarnación le permitió habitar plenamente lo humano: abrazar la sencillez de lo cotidiano y experimentar, en su propio cuerpo, la injusticia de su tiempo. Fue carpintero y profeta; amigo y sanador; hombre y Dios.
El Vía Crucis se revela como la expresión más radical de esta doble condición: Dios manifestándose en la fragilidad de un cuerpo entregado. En ese camino se desnudan los rostros de un sistema que lo condena, obliga a cargar una cruz, hiere y humilla, despojándolo incluso de la intimidad de su cuerpo, de su voz, del aliento mismo de la vida.
Hoy, como ayer, seguimos viendo lobos rapaces que despedazan a su presa; falsos profetas que dicen hablar en nombre del Señor mientras repiten sus propias palabras; poderosos que, en su injusticia, roban al pobre, oprimen al necesitado y se aprovechan del extranjero y del refugiado (cf. Ez 22,27–30).
Y, sin embargo, en medio de la oscuridad, en el camino hacia la muerte, se abre también la senda hacia el horizonte divino: Jesús experimentó la compasión que acompaña, la solidaridad que sostiene, la fe que no se extingue y la esperanza que anuncia la resurrección, como el perdón en la propia cruz.
Es en este tránsito donde se revela su divinidad: al mostrarnos, en su cuerpo sufriente, las dos caras de nuestra humanidad. Una herida por la crueldad, otra fecundada por el amor que proviene de Él. Porque es en el dolor del Otro donde somos llamados a reconocer y a encarnar Su presencia viva.
Este es el pacto que hace con nosotros: que su poder y su palabra permanecen, que su enseñanza no se apartará de nosotros ni de nuestros descendientes, sosteniéndonos en medio del dolor y abriéndonos siempre a la esperanza (cf. Is 59,21).
Lo hemos conocido: plenamente hombre y plenamente Dios.





0 comentarios