La Resurrección: una luz de la Fe y Esperanza

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Escrito por: Aete Perú

AETE es una institución peruana que se dedica a la formación bíblica teológica y pastoral de personas con liderazgo religioso en Latinoamérica que están comprometidas con la transformación social de nuestros países a partir de la fe y espiritualidad.

Categoría: Artículos

Fecha: abril 02, 2026

Por Dorothea Ortmann

¿Alguna vez se ha preguntado si puede existir una relación entre Abraham sacrificando a Isaac y Dios sacrificando a su Hijo, Jesús?

Recordemos: Abraham, el patriarca, recibió el llamado de salir de su tierra para dirigirse a la tierra prometida y cumplir así la promesa de formar un pueblo numeroso. Sabemos que Abraham no podía tener descendencia con su esposa Sara; sin embargo, cuando ambos ya se encontraban en edad muy avanzada, nació su hijo Isaac.

Y entonces ocurre lo trágico: Abraham recibe la orden de sacrificarlo, pues Dios quería que se lo entregara. Abraham obedeció y llevó a Isaac al monte Moria para matarlo. Ya en el lugar, escucha de pronto una voz que le ordena no hacerlo, sino tomar en su lugar un cordero que estaba atrapado en un matorral cercano.

Algunos exegetas interpretan este hecho como un cambio sustancial en la práctica religiosa arcaica, al reemplazar el sacrificio humano por uno animal. Sin embargo, ese detalle no nos compete por ahora. Nos centraremos más bien en la actitud de Abraham, en su obediencia, la cual se vuelve aún más significativa si consideramos lo dramático del hecho: sacrificar a su único hijo, nacido después de tantas dificultades.

¿De dónde obtiene Abraham la fuerza para cumplir lo ordenado? Su fuerza proviene de la confianza que tenía en Dios. Por ello, Abraham se ha convertido en el patriarca de la fe y la obediencia; es el ejemplo que nos ha sido dado.

En paralelo, leemos en el Nuevo Testamento —sobre todo en los relatos de la Navidad— que Dios Padre amó tanto al mundo que entregó a su Hijo. Estamos ante un mismo motivo literario: un padre que entrega a su hijo. Abraham lo hizo por obediencia y fe; Dios Padre lo hace por amor hacia nosotros. Este gesto representa lo más valioso que un padre puede ofrecer, especialmente en una sociedad patriarcal. Se trata de un simbolismo que subraya lo costoso y profundo del sacrificio: no hay nada más grande que se pueda entregar.

“Jesucristo, entregado por nosotros en la cruz”. Este enunciado se ha vuelto, para muchos cristianos, una especie de fórmula que se repite sin mayor reflexión. Sin embargo, si lo meditamos bien, es el culmen de nuestra fe. No hay nada más grande que esto.

¿Por qué Dios entregó a su Hijo? La tradición nos dice que lo hizo por nuestro alejamiento de Él, lo que la Biblia llama pecado. El pecado no se entiende aquí como una simple lista de faltas o comportamientos incorrectos, como a veces se piensa, sino como la separación de Dios. Y para reparar esta brecha, Dios entregó a su Hijo, con el fin de acercarnos nuevamente a Él. Jesús vino para acercarnos a Dios; es el rostro visible del Dios invisible.

Más aún, Cristo es el primero de entre los muertos que ha resucitado. Esto constituye un signo de esperanza para nuestra fe. Que haya sido entregado por Dios es signo de su amor por nosotros; y que haya resucitado es la promesa que Dios nos da a través de Jesucristo.

El Domingo de Pascua, llamado también Domingo de Gloria, es la fiesta más importante para los cristianos, porque nos recuerda el centro de nuestra fe: un Dios que entrega lo más valioso para acercarnos nuevamente a Él.

En muchas religiones del mundo, especialmente en las antiguas, es el fiel quien debe ofrecer algo a la divinidad para acercarse a ella. En el cristianismo, en cambio, es Dios quien entrega para que el ser humano se acerque a Él. Este hecho debería llamar profundamente nuestra atención. Cuando repetimos: “Así amó Dios al mundo, que entregó a su único Hijo”, estamos ante una afirmación extraordinaria que expresa a un Dios que no espera pasivamente ser buscado, sino que toma la iniciativa y se entrega por amor.

Por todo ello, amigos, el Domingo de Gloria es un día con una gran carga simbólica para comprender el núcleo de la fe cristiana. Estamos llamados a escuchar la larga cadena de testigos que, a lo largo de la historia —desde los apóstoles hasta nuestros días—, han dado testimonio de su fe y de su confianza en un Dios vivo. De esa fe vivimos hoy los cristianos.

Que tengan felices Pascuas.

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