La guerra contra Irán no es poder; es delirio de poder.

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Escrito por: Aete Perú

AETE es una institución peruana que se dedica a la formación bíblica teológica y pastoral de personas con liderazgo religioso en Latinoamérica que están comprometidas con la transformación social de nuestros países a partir de la fe y espiritualidad.

Categoría: Artículos

Fecha: abril 09, 2026

Posted on  by Yenny Delgado

Los líderes políticos elegidos para gobernar y servir a sus pueblos actúan hoy como si fueran intocables, como dioses con pies de barro. Han olvidado que la autoridad no es dominio, sino responsabilidad ante la vida humana y, desde una mirada teológica, ante Dios.

El ataque a Irán por parte de Estados Unidos e Israel, prolongado durante 36 días, no solo busca sembrar el terror, sino que también plantea serias preguntas sobre intereses económicos, corrupción y expansión de poder. Se actúa como si la ley ya no existiera, como si la superioridad militar, especialmente el poder nuclear, pudiera justificar cualquier acción, incluso aquellas que ponen en riesgo la vida de poblaciones enteras.

Cuando la violencia se manifiesta en bombardeos dirigidos a escuelas, alcanzando a niñas y niños, queda al descubierto una verdad espiritual profunda: se ha perdido el sentido de lo sagrado de la vida. La infancia, que debería ser signo de esperanza y protección, es vulnerada de la forma más extrema. Quienes ordenan estos actos han endurecido su corazón, alejándose de toda conciencia moral. Donde la vida deja de ser valorada, desaparece el respeto; donde no hay respeto, la ley pierde su fundamento; y donde la ley se vacía de humanidad, la justicia deja de existir.

Cada día, las noticias traen miedo, amenazas y destrucción. Sin respuestas claras, la incertidumbre crece. Donald Trump y Benjamin Netanyahu hablan de aniquilación y destrucción de naciones enteras. Pero ninguna causa puede justificar el terror ni la amenaza de exterminio. Desde la fe, toda vida es imagen de Dios, y destruirla deliberadamente es una negación directa de esa verdad.

Vemos en las noticias acusaciones, corrupción y abuso de poder; sin embargo, quienes toman decisiones sobre la vida y la muerte continúan en sus posiciones sin ser cuestionados. Mientras tanto, la población civil paga el precio. Desde Gaza y Líbano hasta Irán, millones de personas viven con miedo de ser asesinados, de tener que comer, de encontrar un lugar seguro, luchando simplemente por existir.

También es imposible, aunque han tratado por meses ignorar el contexto de los archivos vinculados a Jeffrey Epstein, que han expuesto redes de abuso sexual por lideres políticos, empresarios y gente de poder son profundamente perturbadoras. La falta de transparencia y las dudas que rodean a figuras de poder generan una crisis moral que no puede separarse de lo que viene pasando en este momento. Cuando la verdad se oculta, la injusticia no tiene límites.

En este contexto, surge una pregunta inquietante: ¿son los discursos de guerra también una forma de distracción? Si esto es así, no solo estamos ante decisiones peligrosas, sino ante una evasión moral. Una política basada en el ego, el miedo y la negación es incompatible con cualquier ética y moral sobre la vida.

Lo que hizo Donald Trump de amenazar con destruir a Iran y asesinar a millones de iraníes no es estrategia: es genocidio en potencia. Es inaceptable que un líder político se coloque en el lugar de Dios, decidiendo sobre la vida y muerte de pueblos enteros.

Desde la fe, esto debe decirse con claridad: Dios no respalda la violencia injusta. Dios no legitima la guerra como instrumento de dominación. La tradición espiritual, incluyendo voces recientes dentro de la Iglesia— ha insistido en que no hay justificación moral para la destrucción indiscriminada de vidas humanas.

Esto también interpela a las comunidades de fe que han apoyado acciones violentas de Israel y Estados Unidos bajo interpretaciones erróneas de la Biblia. Pero ninguna lectura auténtica de la Biblia puede justificar el sufrimiento, el terror o el exterminio de otros pueblos. Apoyar la violencia en nombre de Dios es, en sí mismo, una contradicción espiritual.

No se bombardea para liberar; se bombardea para dominar. Estas acciones, disfrazadas de discursos de “liberación”, revelan intereses de poder. Y ese poder humano, cuando se impone sobre la vida, no proviene de Dios, sino que se opone a su voluntad.

Es momento de decir basta a los gobiernos egocéntricos y corruptos. Basta al uso del miedo como herramienta política.

Sin embargo, los pueblos están despertando. En Estados Unidos se alzan voces que dicen: “Aquí no hay reyes”,”alto a la guerra.”En Israel, miles de personas protestan en las calles pidiendo terminar la guerra. La pregunta es: ¿escucharán los líderes a sus propios pueblos?

Hoy más que nunca, se hace necesario un acto de conciencia colectiva. Porque el verdadero poder no está en la destrucción masiva, sino en la defensa y sostenimiento de la vida.

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